1. Uno de los más importantes retos a los que deben enfrentarse la escuela y la familia del siglo XXI, para afrontar el futuro de la educación infantil y adolescente con verdadera esperanza, sigue siendo el entender y el desarrollar la acción educativa como una tarea sustancialmente humanizadora. Educar es humanizar y los educadores, padres y maestros, somos, en realidad –y por encima de todo – creadores de humanidad.
Esta tarea resulta especialmente importante y necesaria hoy por hoy si tenemos en cuenta, que los niños y los adolescentes, en gran medida, se ven obligados a vivir en una sociedad en la que “todo vale” y en la que se han implantado en gran medida las leyes del lucro y del consumo según las cuales se enaltecen la eficacia, la rentabilidad, el dinero, el tener y el comprar como valores absolutos.
Para humanizar a los niños y adolescentes desde un punto de vista educativo, debemos desarrollar en ellos todo su potencial más profundamente humano, ayudándoles a buscar, crear y a desarrollar fórmulas de vida fundamentadas en los valores positivos y democráticos –como justicia, solidaridad, igualdad, libertad, honestidad, responsabilidad, respeto o agradecimiento–. Debemos ayudarles a descubrir que dichos valores son necesarios para construir un proyecto de vida que llene de sentido su existencia.
2. La familia sigue siendo, entre los factores que influyen en la formación de una persona, el que más peso tiene, pero para que sea así debe ejercer bien su misión; en caso contrario influirá negativamente por la dejación de la tarea educativa o por el efecto negativo de su conducta.
Para ello es necesario partir de un ambiente familiar de afecto y comunicación. Toda educación debe basarse en el cariño, la confianza y el sentido positivo. Sin ninguna duda todo individuo, para sentirse valorado y obtener una correcta autoestima, necesita un buen desarrollo psico-afectivo apoyado en la familia y dirigido por las principales figuras de apego: sus padres.
Es precisa una enseñanza asertiva y positiva, para que nuestros hijos sean capaces de adquirir la seguridad personal necesaria para poder recibir y aplicar aquello que les enseñamos. Desde ese clima familiar, de confianza y comunicación, nuestros hijos podrán adquirir la responsabilidad y criterio personal, necesarios para desarrollar su libertad. Para que nuestros hijos sean felices, que es nuestro objetivo, deben sentirse protegidos, seguros y, ante todo, queridos.
3. En este apasionante reto que tenemos, debemos conseguir que sean capaces de adaptarse al mundo que les ha tocado, dotándoles de las capacidades y formación necesarias. Para ello es imprescindible que aprendan que hay unas normas y pautas que cumplir y convertirlas en hábitos.
Hay que establecer unos límites y rutinas. Un niño con límites se sentirá seguro ya que, para que entienda cómo tiene que actuar, necesita aprender lo que puede o no hacer; puesto que no nacen con un instinto disciplinario innato. La manera más eficaz es siendo constantes en la aplicación de consecuencias (tanto positivas como negativas) a cada conducta y estableciendo rutinas y hábitos.
Para ello es necesario retomar el binomio familia-escuela o familia-educadores, sin el cual se está demostrando que es imposible lograr pautas de comportamiento estables y adecuadas en los niños. Los padres debemos asumir que los niños deben aprender y asumir los límites y normas de funcionamiento en el seno familiar y, a su vez, dotar a los docentes de la autoridad moral necesaria para seguir implantándolas en los centros docentes. A su vez, los educadores deben velar para que haya una continua y fluida comunicación con los padres, para seguir las evoluciones y particularidades de cada alumno, viendo en cada caso la mejor forma de educarlos.
4. Pese a que la familia sigue siendo el centro esencial de la constitución de la personalidad y de la socialización de los hijos, cada vez es mayor el influjo de agentes externos, que en muchos casos no ayudan a una correcta educación en valores.
A los padres nos queda cada vez menos margen de maniobra a la hora de conjugar la libertad de nuestros hijos, con nuestra responsabilidad como padres, ante los contenidos a los que pueden acceder tanto en la televisión, como Internet. En muchos casos nos encontramos desamparados por las autoridades, que permiten que contenidos que obvian los mínimos valores sociales y desfiguran la dignidad de la persona, estén presentes de forma continuada ante nuestros hijos. Tanto los responsables de medios de comunicación, páginas web, como los propios gobernantes, deberían reflexionar y tomar medidas sobre qué referentes sociales quieren para los niños y jóvenes de hoy en día y su responsabilidad en la implantación de valores sociales y cívicos.
Estos agentes externos tienen cada vez mayor protagonismo, dada la escasez de tiempo que cada vez más padres dedican a sus hijos, en gran medida por la falta de conciliación laboral y familiar. Tanto empresarios, sindicatos, como gobernantes deben asumir el reto de lograr una mayor conciliación, flexibilizando y racionalizando horarios, con la finalidad de que los padres podamos dedicar tiempo de calidad a nuestro hijos. Como decía el niño del video proyectado: Si yo trabajo ocho horas y llego a casa a la cinco, por qué mi madre, si también trabaja ocho horas, llega a casa a las siete o a las ocho…